Tan sencillo como respirar con los ojos cerrados. Poner la atención en el aire que entra y que sale. Una y otra vez de manera suave, sin esfuerzo ni brusquedad. La espalda recta, descansando en las caderas.
Otra respiración.Y otra. Sin llevar a hiperventilar, con la mente al límite de desconectar. Congelar esos momentos. Mantener esa tranquilidad.
Abrir los ojos y volver a observar el entorno. Descubrir los detalles.
Volver como si nada hubiera pasado, pero de diferente manera sin tanto nervio y sabiendo que respirar, en esta ocasión, es la mejor opción.
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