Derrota. Es lo que queda. Como el alacrán con el fuego dando picotazos a todos lados y en un descuido se da a sí.
En estas ocasiones no hay descuidos.
Con tanta tontería dicha sin argumentos que admitan ser rebatidos no puede haber una conversación. No hay una escucha ni una indicación de querer, los jefes deciden y les da igual. Las opciones son escasas. Y cuando el cansancio llega para sustituir a la ilusión...no hay gran cosa que hacer.
Las ideas y el conocimiento se van. No hay más amantes, tampoco está el interés porque vuelvan.
Plantar cara al poder con espejismos de cambiar las cosas solo provocó una exfoliación de la piel, Presentar una lucha cuerpo a cuerpo, no se dijo nada del número ni los trucos sucios con lo que pelear. Llega un punto en el cual dar puñetazos es una pérdida de tiempo cuando no se llega al contrincante, pero si se llega a recibir y no se sabe de donde. No es simbólico ni hace ruido solo parades que atrapan el sonido y lo va silenciando. Es en esos momentos en los que se va ciegamente a morir o se acepta morir. Una pelea contra los fieles defensores de la premisa: el fin no justifica los medios.
No hay más opciones válidas cuando las palabras no son. No funcionan. Dejan de colaborar.
Toca recoger pieza a pieza lo que queda, guardarlo en una bolsa. Quemarla para que nunca vuelva el intento de luchar, que el olvido haga su trabajo y termine de fagocitar la energía.
Cambiar a una naturaleza distinta e irreconocible en la que no haya abismo de quién fue y no llegó a ser. Negar existencia de que en un tiempo diferente ...¿Para qué hablar de lo que no pasó?
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