miércoles, 26 de marzo de 2014

El deber del cobarde

Todos tenemos obligaciones: que no cumplimos, por supuesto.


Lanzar palabras sueltas a modo de insulto, no escuchar la lógica de otros, ir en contra simplemente por no 

admitir la derrota, poner excusas, culpar a quien se ponga en medio...en resumen: la vagancia que corroe.


Es la sociedad del quiero y no puedo, no se llega a plantear la magnitud del deseo fracasado.

Es la sociedad hermana que obra como Caín. Sociedad intolerante que canta la hipocresía. 

Estamos rodeados de lo que construimos; cómo va a asustar el monstruo que habita debajo de la cama 

después de haber cogido su piel. 

El único leal es el cobarde que mueve su miedo, pero cumple con la obligación de contar cuentos infundados

para avisar del peligro que existe, del que nos acecha y saluda cada mañana. El mismo que formamos parte,

la pesadilla de un futuro ¿Mejor? No, eso es para ilusos. ¡Aquí esta la premisa que lleva! ¿Por qué no hay 

quien hable de un final feliz real?


El cobarde es el único valiente, es quien habla al callar de los miedo que tenemos y por ello tiramos piedras.

No es fácil decir que nos equivocamos ni levantarse a las seis para ver un día nuevo, ver oportunidades y 

luchar por ellas. No. Es más fácil decir que había uno antes o que la cama es muy cómoda. 

Sistema de lecciones antiguo que no debimos dejar ¿Qué mejor manera de aprender que errando?


Peones que se quejan sin guerra. Legalidades que no son ni por asomo. Dar marcha atrás cuando no hay 

salida, tapar todo echando tierra y mentiras, nombrarse victorioso de qué.

 Porque ya sabemos que cobardes somos todos, que no hay veredicto porque somos iguales.




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